“La Chupa y el Traumatólogo”

Hoy, después de estar ausente durante un período prolongado como Real Académico de la Lengua Española (soy la letra T. Sí, la de Arturo Pérez-Reverte con el que tengo un acuerdo y nos vamos turnando), retomo la sección de Arte y literArtura con un relato corto basado en escalofriantes hechos reales que tuve el infortunio de vivir personalmente. Vamos allá.

Basado en la obra del genial escritor Edgar Allan Poe hoy les deleitaré con la historia titulada “La Chupa y el Traumatólogo”.

Era mi vigésimo noveno invierno de vida en un desapacible y gélido día del mes de Enero y yo iba vestido con mi chupa de cuero que no me quite en un solo momento. Como buen hijo, súbdito y lacayo que soy, procedí a acompañar a mis padres a la consulta del citado traumatólogo sin ni siquiera ser consciente del horror que me aguardaba en dicho antro infernal. Al no caber los tres por la puerta, pasé detrás de mis padres y me coloqué tras ellos mientras les atendía una pérfida enfermera en cuyos ojos centelleaba locura y maldad por partes iguales. Tras una breve estancia en la salita de espera mis padres pasaron a la consulta del traumatólogo sin tan siquiera poder atisbar el terror que se cernía sobre mi mientras leía con fruición un artículo de gladiadores de una revista de historia.

Todo parecía normal hasta aquí, pero el traumatólogo había enviado a mi padre a que le hiciesen una radiografía de la pierna sin que nadie me informase de tal acontecimiento. Solo, abandonado y sin tener consciencia alguna de lo que estaba por acaecer continué devorando el artículo de historia en la tétrica y lúgubre sala de espera.

Temprano empezaron a torcerse las cosas como si la fría mano de la muerte estuviese sellando mi fatal y trágico destino. En primera instancia pasó por delante del umbral de la sala de espera una de las enfermeras girando la cabeza mirándome e inmediatamente volvió a pasar en la dirección contraria haciendo exactamente los mismo. Soy resultón, lo sé, pensé que le habría parecido mono. En menos de un minuto la otra enfermera hizo exactamente el mismo recorrido de ida y vuelta girando la cabeza mirándome. Aquí, con mi elevado cociente intelectual al nivel de un escarabajo pelotero, ya empecé a sospechar que ocurría algo raro o que hoy tenía uno de esos días en el que las vuelvo a todas completamente locas de pasión y frenesí. Pero aún no había transcurrido otro minuto cuando el mismísimo traumatólogo, cual engendro surgido del infierno, pasó por delante de la salida de espera mirándome cual ave de presa acechando a su víctima e inmediatamente volvió a realizar el mismo acto atroz yendo en la otra dirección.

Llenó de sombrías dudas llegué a la conclusión de que algo espeluznante estaba por ocurrir (también se me ocurrió la brillante idea de que por lo visto ese día estaba que lo petaba y el médico era “homerserxual”). Sin darme un respiro para asimilar la dantesca situación en la que me veía envuelto, pasaron por delante tanto el traumatólogo como una de las enfermeras mientras oía que le decía: “venga usted conmigo”. Los dos se metieron en los aseos y yo me sentí invadido por el pavor y el miedo. ¿Qué estaba ocurriendo ahí? ¿Estaban cambiando los dos juntos el papel de váter? ¿Había una araña enorme suelta y estaban procediendo a exterminarla? ¿Les había “puesto” tanto que se lo estaban montando en el lavabo y posteriormente me iban a invitar a unirme a una lujuriosa y desenfrenado orgía “serxual”, que por supuesto tendría que declinar porque a mí los “rollos raros” no me van? Mi cerebro era un hervidero de ideas, pero sin darme tregua ni respiro alguno los dos salieron inmediatamente del excusado mirándome esta vez a dúo.

Mi cara ya reflejaba pánico y desasosiego y el estupor nublaba mi mente, pero en breves instantes se iba a desentrañar el misterio e iba a dar paz y descanso a mi acongojado corazón, o mejor debería decir “acojonado corazón”. Con los ojos inyectados en sangre una de las enfermeras se acercó a mi y profirió con voz siniestra las siguientes palabras: “perdoné, ¿pero usted tiene cita con el doctor?” a lo que respondí que había venido acompañando a mis padres.

Las mismísimas fuerzas del averno me habían tendido una trampa mortal y tanto las enfermeras como el doctor me habían tomado por un okupa de esos que se van colando en las consultas de los médicos para leer revistas de historia. Todo muy normal, menos mal que aquí el raro soy yo.

A continuación, una foto de mi chupa de cuero tal y como la llevaba ese día. Sí, hasta el tenedor de trinchar el pavo llevaba para después de proceder a asesinar a todo el mundo cometer atroces actos de canibalismo. Descartemos la irracional idea de que en una época en la que prácticamente nadie llevaba chupa de cuero me tomaron por un facineroso.

Chupa

La mencionada chupa de cuero curtida por el mismísimo Satanás en persona.

Veis niños lo malos que son los prejuicios. Encima chúpate esa de todas las que he tenido que aguantar por vestir con chupa de cuero ahora se han puesto de moda y seguro que nadie les causa ningún problema a los portadores de semejante arma de destrucción masiva.